Los alfajores de maicena bien hechos tienen algo muy específico: no son crocantes, no son gomosos y no son una galletita cualquiera con dulce de leche. Tienen que ser tiernos, delicados y apenas frágiles, con una miga seca pero suave que se una bien al relleno.
Acá la receta se apoya en productos que sí tienen sentido real para este clásico: Azúcar Impalpable para una masa más fina, Extracto de Vainilla para dar fondo aromático, Polvo para Hornear para ayudar a la textura y Coco Rallado para la terminación clásica. Es mucho más lógico que forzar canela donde no hace falta.
El alfajor llega a América con los primeros colonizadores españoles, aunque sus raíces arrancan más lejos: la palabra viene del árabe al-hasú, que refería a un relleno entre dos piezas. Durante siglos convivió en la mesa española como una pasta densa de miel, nueces y especias, muy diferente al alfajor que hoy conocemos.
La transformación ocurre en el siglo XIX y se acelera con la industrialización de fines del 1800. La llegada del dulce de leche como relleno —y más tarde el reemplazo de las masas originales por tapitas de maicena— termina de definir un producto propiamente argentino. La versión de maicena, más frágil y delicada, se instala como la más popular en el ámbito hogareño, distinta a los santafesinos con miel o los cordobeses más compactos.
Hoy el alfajor de maicena es uno de los clásicos de la repostería casera argentina. No necesita fecha especial: aparece en cumpleaños, en kermeses escolares, en mesas de domingo y en todo contexto donde la dulzura y la simpleza son suficientes. Es una receta que se transmite entre generaciones con pocas palabras, porque lo que importa es la textura.

